“No habrá más enemigo” de Sergio del Molino

Estoy hasta los mismísimos de libros que duelen. No sé si soy yo que últimamente ando sensible o si son los libros que leo que son crueles. La cuestión es que llevo encima una sobredosis de dolor que me voy a tener que quitar con una fase Jane Austen pero ya de ya.

No sé si “No habrá más enemigo” ya era lo que es ahora cuando el autor empezó a escribirlo o si se convirtió en lo que es a base de revisiones y revisiones, la cuestión es que todo el libro es la traducción en palabras de eso que llamamos dolor, que todos hemos sentido alguna vez con mayor o menor intensidad, pero que la mayoría no sabemos explicar. Yo creía que el dolor se sentía pero ahora sé que el dolor se puede decir, se puede escribir.

Igual es la sobredosis de dolor que me tiene nublada la mente pero no sé ni por donde empezar. El libro tiene cuatro partes. Sergio del Molino lo explica al final, tres forman parte de la historia de la novela, la cuarta es como un making off del libro.

Tenemos a Lenín, a León, a Alejandra, a Herbert Green, a Esther Hanania, a Irigoyen, a Herzen, tenemos de fondo Zaragoza, Madrid, Legoland, Bacalar, Nueva York… y por suerte, al final, tenemos al juez Santos y al policía Mendoza que aligeran la cosa con un poquito, muy poquito, de humor. Porque para cuando llegas al final no puedes esperar a que acabe la tortura.

Y no es tortura porque el libro sea malo, más bien todo lo contrario. El problema del libro, que en realidad no es un problema, sino todo lo contrario, es que sientes el dolor que hay. Al principio no, al principio solo te parece una ida de bola de alguien (con cariño, lo digo), pero luego esa forma de escribir desquiciada te arrastra al libro y estás perdido. Porque el principio es desquiciado, pero de locura, de la que se debería medicar. Porque el dolor intenso, es lo que tiene, se parece muy mucho a la locura. El dolor nos hace lúcidos pero, a veces, esa lucidez es demasiado lúcida para caber en la realidad. Porque hay dolores que son tan difíciles de vivir que los sacamos de la realidad para vivir en ellos en una especie de pesadilla sin fín, en la que ya no sabemos si existimos o no, y queremos desaparecer.

La parte de León es menos desquiciada, pero el punto de locura  está ahí igual. León es alguien que no siente que la vida sea vida sino otra cosa. Alguién que perdió cosas sin darse cuenta que las perdía hasta que fue demasiado tarde. Alguien dispuesto a todo para recuperar algo que, en realidad, no fue nunca suyo. Pero León nos presenta a Irigoyen, el argentino, que parece loco y nunca sabes si lo es de verdad o no. A mí todos los argentinos que conozco me parecen locos, pero creo que solo es porque su cerebro funciona distinto al mío. Ellos siempre ven cosas que yo no veo, no porque no estén ahí, sino porque yo no tengo lo que hay que tener para ver según qué cosas. Creo que a todos nos iría mejor con un argentino en nuestras vidas para ver esas cosas que nosotros no vemos.

Ahí, en León, está Alejandra. La que huye. El dolor tiene eso a veces. Te ves enloquecer y decides huir antes que sea demasiado tarde. Tu huyes del dolor sin saber que no se puede. El dolor está dentro de uno, por mucho que corras lo tienes siempre encima, dentro.

Luego está Herbert con sus pastillitas verdes, esas que cuando nos sentimos doler de esa manera queremos tomarnos para no sentir, sin saber que si dejas de sentir dolor dejas también de sentir todo lo demás. Y no sentir es estar muerto y aunque a veces no lo parezca, estar muerto es mucho peor que sentir dolor.

Y luego está la vida que duele más que cualquier otra cosa pero que seguimos queriendo vivir a pesar de todo. Es por culpa de la lucidez esa del dolor. Esa lucidez que parece locura porque no cabe en la realidad.

No hay día bueno para leer este libro. Lo que sí hay que hacer es prepararse bien. Id a comprar el libro y en el mismo viaje, comprad un par de botellas de ginebra y unas cuantas tónicas. Este libro se tiene que leer bebiendo gin-tonics robustos, a lo Winston Churchill, no porque lo diga yo, es que salen tantos en el libro que te van a entrar ganas de beberlos. Y no intentéis comprender nada, dejad que el libro os lleve, porque el dolor no se comprende, se siente y punto.

 

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