“La cola de la serpiente” de Leonardo Padura

Éste es mi segundo Padura. El primero me encantó sobre todo por el calorcito que da leer en cubano, por la nostalgia que se lee en sus historias y porque Mario Conde es un tipo capaz de mostrar ternura y mala leche a partes iguales. En La cola de la serpiente todo sigue igual, por suerte. Sigue el calorcito, sigue la nostalgia por mundos y gentes que desaparecen y también sigue la ternura. Todo eso dentro de un mundo propio suyo que comparte con el lector de forma que se huelen los olores, se bebe el ron, se saborean los sabores y se siente el calor y la lluvia.
Ésta es la Habana de los chinos, del olor a chino, que no es solo olor a comida china pero también. Es la Habana que ya no es, la de antes de la revolución, del durante y de un después que ya no es. También es la Habana de la santería mezclada con todo lo demás. Es la Habana de un muerto que parece haber muerto por unos motivos y luego los motivos son distintos o no pero lo parecen.

A mi me parece que no me hace falta trama para disfrutar de los libros de Leonardo Padura. Creo que es más el sonido que tienen (sigo leyendo en voz alta y a lo cubano – bueno, a mi versión de lo cubano). También es que Conde es curioso, se mete en todas partes, intelectualmente y pregunta y repregunta y cuestiona y persigue y no para hasta que entiende por que suceden las cosas. No solo quien ha hecho qué, si no porqué suceden las cosas, en general. Esa ansia de porqués universales yo la entiendo.

Encuentran a un chino muerto con señales extrañas en el cuerpo y Patricia Chion, una compañera de trabajo de Conde medio mulata medio china, le pide que investigue. Le pide también que lo haga acompañado del padre de ella para que pueda “entrar” en la comunidad china, que ya no es lo que era, pero sigue siendo china. Y aquí y en la conchinchina, los chinos nos parecen misteriosos y lo son, pero solo porque tienen leyendas y historias distintas.

Nada es nunca lo que parece y por eso el Conde acaba aprendiendo sobre los chinos y su historia en Cuba, pero también sobre santería, sobre corrupción y sobre las mujeres. Siempre se aprende algo.

Éste, como el otro, se lee con bebidas altamente alcohólicas y con música caliente, de la que sea. Es cortito, así que no se corre el peligro de coger una borrachera lectora

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