Escritura Terapéutica: Tu hamburguesa

Hay momentos en los que una quiere matar a alguien. Hay momentos en que se te queda una cosa dentro que huele a rabia, odio o asco y si no estás alerta se te pudre ahí. Pero lo peor no es eso, lo peor es que la mayoría de veces en las que eso sucede las convenciones sociales, la educación, la culpabilidad judeo cristiana o lo que sea nos impiden hacer lo que deberíamos hacer para sacarnos eso de dentro.

Eso en la vida real. Porque, por suerte, existe la vida de ficción. Esa que sucede en un papel (o en una pantalla de ordenador), esa que te permite hacer lo que necesitas hacer sin tener que vivir con las consecuencias. A escribir esas cosas que uno quisiera hacer pero no puede o no se atreve hacer, a escribir esa vida de ficción en la que la protagonista, o sea yo, siempre gana, yo lo llamo Escritura terapéutica. Aquí tenéis un ejemplo: 

He escupido en una hamburguesa. No me puedo creer que haya estado creando saliva y guardandola para poder escupir en la hamburguesa que acabo de servir ahora mismo a un cliente. Yo no hago estas cosas, bueno, no las hacía.

color-hamburguesaTampoco es que este cliente en particular sea el más borde que he tenido, los ha habido peores. Éste sólo es el pobre desgraciado que se va a comer mi saliva con su hamburguesa por ser la gotita que llenó el vaso.

Hasta ahora no me había relacionado con ningún gafapasta estético. Hay gafapastas auténticos, gente leída y estudiada, profundos y transcendentales. Estos me caen bien, porque son de verdad. Los que no soporto son los modernos esos que van con las gafas de pasta y vestidos con pantalones apretaditos y camisetas con mensajes estrambóticos y hablan de cosas que no le interesan a nadie pero como si la vida de la humanidad dependiera de ello. Gente que tiene un curro pseudoartístico y se creen Picasso o Hemingway. Esa gente cree que está por encima del bien y del mal y desde su altura prejuiciada miran a todo dios, incluyendo a dios mismo, desde ahí arriba y por encima del hombro.

Hay días en que trabajar de camarera está muy bien. A veces, tienes clientes amables que agradecen tu trabajo y que se relacionan contigo viendo a la persona que hay detrás del trabajo que haces. Vale que son pocos, para qué engañarnos, pero los hay y cuando te los encuentras es genial. Agradeces poder ayudar a alguien a divertirse, a disfrutar de la vida con buena comida y buen vino. Pero luego llegan los otros y te joden el día en exactamente treinta segundos, lo cual es tremendamente injusto, tanto para los camareros y camareras del mundo como para los clientes que se curran tratar a la gente bien.

Pues bien, hoy se me ha llenado el cupo de gilipollas que puedo soportar. Ha pasado sin avisar. Ha entrado un grupito de tipos de unos treinta, todos con sus pantaloncitos apretaditos, todos con cortes de pelo imposibles, alguna barba muy larga y poblada que no tiene sentido en un verano de más de 30 grados, camisetas que parecen viejas y que cuestan lo que yo cobro por cuatro jornadas de trabajo de doce horas, y una sonrisa de superioridad infame. Y de repente me he cabreado. Todavía no habían dicho nada de nada que yo ya quería matarles a todos. Pero la causa directa del escupitajo en la hamburguesa ha sido las risitas y comentarios de cuando al llevarles un plato con canelones calientes les he avisado que quemaban con un “ojo, que están muy calientes” y mientras me iba de la mesa, han ido repitiendo ojo, ojo, ojo, ojo… con carcajaditas disimuladas y miraditas de reojo.

Igual era una broma interna o vete tu a saber. Pero si eso llega después de unos cuantos oye, para reclamar mi atención, y unas cuantas órdenes del tipo trae pan, en lugar de podrías traer un poco de pan, por favor, ya me daba lo mismo si era una broma o lo que fuera. Me ha explotado el cabreo dentro y de camino a buscar una hamburguesa a la cocina he ido exprimiendo mis glándulas salivares para acumular saliva, luego, en el pasillito que hay entre la cocina y la sala, he levantado el pan y he escupido encima de la salsa de queso, he vuelto a poner el pan en su lugar, he recolocado mi cuerpo para ponerlo firme pero relajado, y con los andares de cuando quiero parecer fuerte, sexy e inteligente he salido de la cocina con la hamburguesa. Con la mejor de mis sonrisas, he llegado a la mesa y he puesto la hamburguesa enfrente del cliente. Me he detenido ahí un instante más de lo estrictamente necesario y con mi voz de persona extremadamente simpática he dicho “Tu hamburguesa”.

2 comentarios

Archivado bajo Relatos

2 Respuestas a “Escritura Terapéutica: Tu hamburguesa

  1. Aquests personatges es guanyen el pitjor d’una mateixa…
    M’agrada molt el teu bloc🙂 Gràcies por el “follow”.
    Ens llegim!!!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s