El ganstercillo

Tengo un amigo que es un ganstercillo. Me encanta quedar con él para tomar birras. Primero, porque siempre paga él. Será un ganstercillo pero es un ganstercillo generoso y chapado a la antigua y a mí ya me va bien porque mi economía no está para ir a tomar birras por ahí. Segundo, porque es ponerse a hablar y de repente me siento en Rocknrolla, la película. Es que mi amigo el ganstercillo es de South East London (llamadme esnob, pero a mí decir “el sur este de Londres” no me parece que explique la cosa). Tercero, porque tomar birras con él es como ir al teatro. Porque mi amigo el ganstercillo tiene alma de actor cómico y no sólo te cuenta historias increíbles, si no que te las representa. De repente, se levanta y en medio del bar se pone a hacer de él mismo y del otro y del de más allá. Cambia de acento, de voz, se agranda, se achica… El otro día se lo dije, déjate de gansterismos y ponte a hacer de actor, igual hasta te va mejor.

Mi amigo el ganstercillo es el personaje perfecto. Te pone a pensar en lo bueno y en lo malo. En los conceptos, digo. Porque si yo os contara las cosas que ha hecho y hace lo pondriáis en el saco de los malos. Pero yo solo he visto a un tipo honesto y sincero que funciona todavía con lo de la palabra de honor. Si dice que hará algo, lo hace. Y será que se me han acumulado las medio mentiras y dobleces en la vida últimamente pero a mi me parece que ser así, confiable, es algo bueno.

Él intenta ser un despiadado de esos que acumula dinero y vive la gran vida y pasa de todo el mundo y eso, de nuevo, lo pondría en el saco de los malos. Le sale fatal al pobre, así que acaba en el saco de los buenos. La cosa es que no puede evitar tratar a todo el mundo como si fueran amigos de toda la vida. Le da lo mismo que sean chinos, que paquistanís, que blancos o negros, que hombres trajeados o el barrendero. Aunque sea la cajera del supermercado que le va a cobrar, le pregunta como se llama, le pregunta como le ha ido el día, le dice algo gracioso o le felicita por su pelo o por sus ojos y cuando se va le desea un día excelente. Siempre. Y, lo mejor, se acuerda de todos los nombres y todos los detalles. Hasta pregunta por sus familías, con nombre y todo. Hay gente que me conoce de hace 20 años y todavía tiene problemas para recordar cuantas hermanas tengo y en qué orden van (es que tengo unas cuantas hermanas). Él no, él se sabe los nombres, las edades, y hasta los nombres de sus hijos (mis sobrinos). Eso, estar pendiente de los detalles, creer que las vidas de los otros son importantes, lo coloca en mi saco de los buenos.

Lo mejor de todo es que ha desmontado mi concepto de belleza. No sé por qué yo había acabado pensando que la belleza era una combinación de elegancia, de equilibrio, como de calma silenciosa y con un punto de misterio, la belleza para mi tenía algo de languidez y de fragilidad. Bueno, pues para él la belleza es más un terremoto que lo llena todo de colores y olores y sonidos y fuerza. Su concepto de belleza es como un remolino de alegría. Y tal como están las cosas, alguien que busque remolinos de alegría y si no los encuentra los cree, es alguien tremendamente bueno.

Mi amigo el ganstercillo es el personaje perfecto. Pero yo me pongo a meterlo en mis historias y no le sé pillar el punto. Y eso es malo. La parte buena, y siempre hay una, es que eso me da la excusa perfecta para seguir quedando para tomar cervezas, que paga él: Estoy documentándome para mi libro.

2 comentarios

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2 Respuestas a “El ganstercillo

  1. ¡Más Gangstercillo! Creo que me he vuelto a enamorar. Vaya personaje.

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