Una historia de amor

esperaEstaba observando a una pareja pelearse cuando la oí por primera vez. Una carcajada breve e intensa, llena de vida y de una alegría sorprendente irrumpió en la escena de gritos y miradas de odio que tenía delante y que me había entretenido un rato mientras esperaba mi vuelo a Budapest, en el aeropuerto de Zúrich. Ese debía ser un viaje sin retorno pero no lo fue. Venia de un lugar al que no quería volver, de una vida que no quería que fuera la mía. Una vida en la que todo eran gritos, peleas, golpes… Por eso observaba con atención la pelea, era como un post-trailer de mi vida. Por eso la carcajada me sorprendió tanto, porque hacía mucho que no oía ninguna.

La carcajada había salido de una chica, sentada en la hilera de asientos de enfrente, vestida con unos tejanos gastados y un jersey de cuello alto de lana roja que le quedaba demasiado grande. Llevaba unas botas de montaña que sólo rozaban el suelo y, apoyada a su lado, una mochila con muchos quilómetros encima, al borde del colapso pero con recuerdos en forma de parches. La chica tenía una mata de pelo castaño y rebelde, recogido en una especie de moño. Algo del periódico que leía debía haber causado su carcajada.

Un hombre sentado un par de asientos a su derecha la miraba, sorprendido y curioso. Parecía un marine americano, como de película, con ese corte de pelo cuadrado, muy rapado en los lados y plano en la parte de arriba. Su piel era de color café con leche largo de café. Aunque era pleno invierno, un polo de manga corta que le apretaba los bíceps parecía bastarle. Podría dar miedo si no fuera porque estaba sonriendo y su sonrisa era franca y honesta. Era guapo, pero era un guapo limpio, como de buena gente, un guapo de esos que a mí no me sirven porque creo que me voy a aburrir. Así que dejé de mirarle y me fijé otra vez en la chica, que seguía leyendo, tranquilamente.

Hubo una carcajada que duró más que las otras y que hizo que la chica levantara la cabeza del periódico y mirara a su alrededor un poco avergonzada. Ahí fue cuando vio al marine sonriendo. Se esfumó la vergüenza y en su lugar apareció una sonrisa que resultó ser aún mejor que su carcajada. Era una de esas sonrisas que solo tienen los niños, natural, amplia, sincera, contagiosa… Una sonrisa sin dudas, sin matices, una sonrisa de niña feliz. Y como niños se sonreían los dos, mirándose a los ojos.

Un marine que casi daba miedo y una hippy feliz. No había dos personas que casaran menos en esa sala de espera, pero había algo, más allá de sus sonrisas, que les tenía unidos. No podía dejar de mirarlos porque tenía la sensación de que estaba empezando algo.

Y eso algo podía acabar en un arrebato de pasión en una habitación de hotel en Budapest, en una noche de tórrido sexo entre desconocidos. Pero a mí me apetecía más una historia de amor completa, complicada, como de telenovela. Una historia intensa, dolorosa, pero con un final feliz. Más que apetecerme, ansiaba un drama romántico clásico, de los que acaban con perdices, para compensar todos los finales desastrosos de mi vida. Como si viéndoles a ellos pudiera compartir su felicidad. Los observaba disimuladamente esperando el momento en que uno de los dos se atreviera a decir algo.

Llegaron las azafatas, abrieron la puerta de embarque y nos pusimos todos en fila. Una vez dentro me molestó la gente en el pasillo guardando sus maletas. Me molestó llegar a mi asiento y ver que quedaba justo a la altura del ala del avión. Me molestó todo porque todavía no había pasado nada entre el marine y la chica y yo me iba a quedar a medias y sin historia. Fue un alivio ver que la chica se sentaba en el asiento de delante y el marine justo al otro lado del pasillo, a su altura. A ella no la veía, pero a él sí, de perfil.

Había hecho una apuesta conmigo misma a que antes del despegue alguno de los dos diría algo, pero hacía media hora que volábamos y el marine sólo había mirado sonriendo a la chica y no había dicho ni esta boca es mía. En mi cabeza, podía oir mis propios gritos desesperados “¡Haced algo! ¡Deciros algo! ¡Por favor, por favor, por favor!”.

El marine podría decir hola, sin más. Yo creo que la chica, extrovertida, le ayudaría un poco, sería ella la que preguntaría algo fácil y tópico, como si va a Budapest por trabajo o por placer… Y ahí empezaría todo… Después en el aeropuerto, él se ofrecería a llevarla a la ciudad y puede que se dieran el teléfono o algo… para hacer el turista juntos… y él la invitaría a cenar y…más tarde, se darían el primer beso y la cara de sorpresa de la chica… porque la chica creía no poder sentir nada por alguien que se gana la vida en el ejército… pacificista que es ella…y le diría que mejor que solo sean amigos… y se encontrarían cada tanto en algún lugar del mundo y habría muchas despedidas en aeropuertos… no, mejor en estaciones de tren de la Europa Central, en inviernos gélidos, llenos de brumas y lluvia o nieve… él, en cada despedida, le pediría desesperado una oportunidad y ella, con lágrimas en los ojos, diría que no comparten la misma visión del mundo y que así no se puede construir nada… pero no serviría porque después de mucho llorar, al final se rendiría y se dejaría llevar… y le diría que le quiere, a pesar suyo, entre lágrimas…y ese abrazo… el de cuando él se diera cuenta de que lo había conseguido, lleno de alivio y de deseo y de amor…

Cuando empezamos a descender para el aterrizaje todavía esperaba que se dijeran algo. El avión tocó el suelo y el marine y la chica sólo se habían mirado sonriendo.

Salir de ese avión fue triste. Salimos los tres, uno detrás de otro: primero la chica, luego el marine y luego yo. Y cuando estábamos en el finger pasó.

– Gracias – dijo el marine.

– ¿Por qué? – preguntó la chica dándose la vuelta.

– Por tu maravillosa sonrisa, que me ha alegrado el día.

– De nada.

Y siguieron andando, sonriendo los dos, cada un por su lado. Les observé hasta perderlos de vista entre la gente y sonreí yo también. Acababa de llegar a un lugar donde el drama era inventado y la realidad feliz, justo todo lo contrario del lugar del que venía. Justo lo que necesitaba de verdad.

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