Café blanco

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Vivía en un lugar particular. Su casa no era como las de sus amigas. Para empezar estaba encima de una fábrica. Tenías que abrir las grandes puertas de cristal y madera, cruzar las oficinas y llegar al montacargas, al que entrabas por un lado y del que salías por otro. Eso en un día normal, de lunes a viernes, porque si era sábado tenías que llamar a un timbre, esperar que saliera alguien por la ventana y te tirara las llaves atadas dentro de un trapo para que no se rompieran.

Cuando llegabas arriba y entrabas, el recibidor de su casa era más grande que la mayoría de comedores que había visto en las casas de sus amigas. La cocina también era grande, con una encimera de mármol blanco en tres de sus paredes. Desde la cocina se llegaba a una terraza enorme que daba al interior de una manzana de casas y desde la que tenías unas vistas privilegiadas, el paraíso de un voyeur. La terraza rodeaba todo el piso y también el piso de al lado, donde habían vivido sus bisabuelos. Esa era la mejor parte, ahí había una piscina. Una piscina en la que se podía nadar, en una terraza. Eso la convertía en la niña más popular de la clase en verano, pero solo en verano.

Sus bisabuelos habían muerto ya. Primero el bisabuelo y unos años después la bisabuela. Hacia de eso cinco años y la casa todavía olía al tabaco de pipa que fumaba el yayo Ton.

En esa casa había tomado su primer café. Fue un día a la vuelta del colegio. Cuando llegaba tenía que ir a saludar. Entró y se encontró con el yayo Ton y la yaya Teresina sentados en sus butacas, en la mesita una bandeja de plata con la cafetera de porcelana y las tacitas a juego. Olía como a caramelo amargo y tostado.

Les dió los besos y dejó que el yayo le diera las palmaditas en la cabeza. Se sentó en el puf donde el yayo reposaba los pies y dijo:

– Yo también quiero café.
– Dale café Teresina, pero que sea del blanco que és más dulce. – Dijo el yayo, con esa media sonrisa pícara que siempre tenía.

La yaya se levantó haciendo crugir todos sus huesos para ir a buscar otra tacita en el aparador, la dejó sobre la mesa y se fue a la cocina. Al cabo de un rato volvió con una jarrita pequeña, vertió un líquido transparente y humeante en su pequeña tacita y le dijo:

– Ponle azúcar que sino será demasiado amargo.

Pasarían unos años antes de que se diera cuenta que había estado tomando agua caliente con azúcar.

Pero los yayos ya no estaban y ese piso estaba vacío a excepción del escritorio y el sillón del yayo donde ella hacía los deberes. Se sentía bien ahí sola, con el olor a tabaco de pipa, en ese gran espacio con molduras en los techos y grandes cristaleras señoriales. Y le encantaba apagar las luces cuando era de noche para observar las casa de los vecinos con los prismáticos que su padre se había comprado y nunca usó.

Faltaban dos semanas para cumplir los 10 años el día que ocurrió. Era finales de noviembre. Llegó del colegio y fue a dejar su mochila y al abrir la puerta la vió, sentada en el sillón de su escritorio.

– Tengo ganas de tomar un café – dijo su yaya.

En un instante se dio cuenta de que los fantasmas existían, que estaba viendo uno y que era su yaya. Lo siguiente que pensó es aquí ya no hay café.

No tuvo miedo porque era su yaya, la persona más pacífica, bondadosa y tranquila que había conocido, y se quedó ahí esperando a que dijera algo más. Como no decía nada se atrevió a decir hola a ver qué pasaba.

– Hola – respondió la yaya. – ¿Me preparas un café? No es que me lo vaya a beber, porque no puedo agarrar nada, pero si puedo oler y extraño el olor.
– Yo no sé preparar café yaya y además aquí ya no hay nada, ni cafetera ni café ni nada.
– ¿Y si vas a tu casa?
– ¿Y qué le digo a mamá cuando me vea coger la cafetera y el café? Porque yo no puedo tomar café y si le digo que estás aquí no me va a creer… o peor, me va a pegar un coscorrón y me va a soltar eso de que no está bien inventar cuentos.

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