La charla

Le vió pasar con un abrigo largo gris y su andar pausado y le gustó esa media sonrisa, que parecía permanente, casada con unos ojos pequeñitos que observaban el mundo y no solo lo veían. Adivinó intensidad, o la imaginó, no lo supo bien, y le dió lo mismo. Después de la realidad que pasa te quedan los recuerdos y eso es siempre una mezcla perfecta entre lo que fue y lo que podría haber sido.

Le vió y le gustó. Esperaba que comenzara una tarde de charlas sobre novela negra y quería fumar pero no podía levantarse no fuera que le quitaran la silla con la visión perfecta. Para entretener a su mono de nicotina, imaginó.

Imaginó que él se sentaría a su lado en la silla con la visión no tan perfecta. Que se sonreirían sin decir nada, tímidos, para decirse un hola mudo. Y escucharían los dos en comunión espiritual a los que estarían sentados en las sillas del escenario. Alguno de los participantes en la charla diría algo que les haría gracia y se reírian los dos a la vez. Y se mirarían complices en el humor. Y eso sucedería unas cuantas veces más como para que los dos tuvieran la excusa de decirse algo al final de la charla.

Imaginó que él también fumaría. Entre una charla y otra, saldrían los dos fuera dejando los abrigos en las sillas para fumarse el cigarro y ahí seguirían comentando lo que fuera que se hubiera dicho en la charla. No importaba el qué. Sólo importaba el cómo. Hablarían de tonterías pero mirandose a los ojos para saber si esas charlas serían lo único que compartirían o habría algo más después. Se mirarían a los ojos para ver si había un después que fuera de los dos, juntos.

Imaginó que al final de la tarde saldrían juntos a la calle estrecha con aceras estrechas en las que era difícil quedarse hablando y después de que unos cuantos transeúntes chocaran con ellos, cansados de tanto choque físico sin consecuencias, la consecuencia sería que alguno de los dos diría: ¿Te apetece una birra?

Imaginó que entrarían los dos en el primer bar que encontraran para pedir dos cervezas y esperar a que las trajeran incómodos y de repente silenciosos, como si esa cerveza fuera más de lo que era. Porque lo sería. Y empezarían a hablar de libros y ella se sentiria pequeña por no haber leído tanto como él. Como si haber leído muchos libros y que además fueran los mismos fuera una señal del cielo de que después habría un después.

Imaginó maripositas en el estómago cuando viera que él ya no le miraba a los ojos sinó a los labios, todo el rato, como si necesitara leerlos para saber si podía besarlos. Y se daría cuenta de que aún no sabía su nombre y se lo diría porque le parecería que no podía dejarse besar sin saber el nombre del hombre que lo haría. Y él se la quedaría mirando un instante, de sus labios a sus ojos y de sus ojos a sus labios y le diría su nombre. Y a ella le parecería el nombre más bonito del mundo aunque fuera el más corriente también. Porque sabe que la belleza de verdad, la que hiere y te cambia la vida, está en las cosas corrientes, la otra, la de las cosas extraordinarias, solo es un entretenimiento, un escaparse de la vida.

Imaginó que después de muchas cervezas, cuando ya no sabría si las maripositas eran maripositas o un principio de borrachera, diría que tiene que irse. Y él le preguntaría donde y ella se quedaría muda un instante y diría que supongo que a casa y él le diría que la acompaña y entonces ella se daría cuenta de que las maripositas eran maripositas o que el te acompaño habría hecho que se le pasara del susto el principio de borrachera y diría vale.

Imaginó que cruzarían las Ramblas en silencio y andarían por Ferran mirando al frente, como si estubieran solos, porque pensaban que, quizás, con suerte, no lo estarían nunca más. Y cuando llegaran al espacio abierto de la plaza Sant Jaume se mirarían un instante, y solo uno, para saberse juntos en lo que les parecería una immensidad. Y llegarían a Laietana y se pararían en el semáforo viendo los coches pasar queriendo teletransportarse al momento justo en que sabrían que se quieren, sabiendo que entre los coches que pasaban y ese momento estaban el infinito y la eternidad juntos.

Imaginó que pasarían por Santa María del Mar y los dos suspirarían imaginando historias de un pasado que no fue suyo mientras desearían un futuro que fuera suyo. Y pasarían por el Fossar y mirarían al cielo para ver la llama que recuerda a los muertos para que los vivos se sepan vivos y suspirarían de nuevo los dos.

Imaginó que llegarían a la puerta de su casa y que ella le daría la espalda para abrir la puerta porque necesitaría tiempo para saber si quería decirle adiós o pedirle que subiera. Y después se daría la vuelta, con la puerta abierta, y le miraría a los ojos buscando la respuesta a la pregunta que no habría formulado.

Y entonces empezó la primera charla de esa tarde.  

2 comentarios

Archivado bajo Relatos

2 Respuestas a “La charla

  1. Ferran J. Lloveras

    Molt bo!
    A veure si en fas un sobre els enamoraments de viatge en metro.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s