El día que cumplía 17 años y medio

El dia que cumplía 17 años y medio exactos descubrí la felicidad. Igual no la descubrí y solo pasó que por primera vez fui consciente de sentirla. Da igual. El día que cumplía 17 años y medio fui feliz.

Estaba sentada delante del Museo Metropolitan de Nueva York, en las escalinatas, tenía un hotdog chorreante en la mano y una botella de agua recalentada en el bolso, como 10 dólares en el monedero y un mapa de la ciudad que todavía no había abierto.

No sabía muy bien como había llegado hasta ahí, pero ahí estaba, sobreviviendo a la humedad de Nueva York en verano, lo cual es difícil teniendo en cuenta las lorzas que había conseguido después de un año viviendo en Estados Unidos. Llevaba tres meses a dieta de lechuga y pollo y nada. Seguía con las lorzas. En los Estados Unidos hasta la lechuga engorda.

Mi yo adolescente estaba sentada en las escalinatas del Metropolitan de Nueva York, con las lorzas sobresaliendo por todas partes, la melena larga y descuidada cayéndome por la espalda y pegándoseme en la cara, el hotdog chorreando por todos lados y en un instante, que ha sido eterno, fuí por primera vez consciente de que era feliz.

Esa mañana me había despertado acojonada porque ya sabía que ese era el día en que vagaría sola por la ciudad. Me he visto en esa ciudad millones de veces, en sueños buenos y grandes y bonitos, durmiendo. Y también me he visto en el cine, cada vez que aparecen las escalinatas del Metropolitan de Nueva York yo me voy a ese instante en el que fuí consciente de ser feliz por primera vez.

Pero esa mañana no era feliz, estaba asustadísima pero no dije nada porque mi yo adolescente quería ser cool y quería hacer ver que recorrer la distancia que separa mi pequeña ciudad de provincias de Nueva York era un paseo de nada. Así que después de un desayuno que tragué con ganas, para disimular, cogí mi bolso, mi mapa y mi gorra y salí por la puerta.

No tenía que ir hacia arriba para no meterme sin querer en Harlem. Pero yo, cagada de miedo pero con ganas de trascender, me fuí para arriba y me metí. Fue ver un par de Pawn Shops, una iglesia vacía, y uno grupo de hombres en una esquina sin hacer nada y darme la vuelta. En realidad creo que solo quería poder contar que un día me perdí por Nueva York y acabé en Harlem. Así en plan cool.

Después de Harlem volví a Broadway y fui bajando hasta que llegué a una calle que se llamaba West 96 y que me sonaba de no sé qué película. Siguiéndola llegué sin querer a Central Park, y me dije, si hoy hay que vivir en una película tengo que cruzar Central Park, y lo hice. Además me obligué a mi misma a no mirar el mapa para nada. Quise perderme de verdad, pero no lo conseguí, justo cuando necesito no tener sentido de la orientación me sale, siempre.

Recuerdo cuando me preparaba para ir a Estados Unidos y todo el mundo me decía que no me esperara el Estados Unidos de las películas porque ese era inventado. Yo me mentalicé bien y luego cada vez que me veía viviendo una película, y fueron muchas veces, me sorprendía.

Viví un año entero en una película mezcla de The Breakfast Club, Boyz n the Hood, Pretty in Pink, Halloween, Risky Business, y Hannah and her Sisters… Ahora que lo pienso igual más que vivir en una película fui la cámara que lo grababa todo. Pero que era como una película, era como una película.

Pues que Central Park es como en las películas, igualito, igualito. Hay chicas corriendo enfundadas en mallas minúsculas, chicos corriendo detrás de ellas, gente con rollerskates, con tablas, y con lo que sea, hay policía montada a caballo, señoras mayores rodeadas de bolsas de cosas, hombres barbudos y sucios sosteniendo una bolsa de papel que se llevan a la boca, músicos, bailarines, magos, mimos… padres con niños, madres con niños y niñeras, muchas niñeras, hay montones de fotógrafos (profesionales y amateurs), hay gente sola hablando, y gente acompañada en silencio, hay gente besándose, y os prometo que vi una pareja haciendo sexo en unos matorrales (es que un poco sí me perdí)…

En fin, que sin querer llegué al Metropolitan. Y tenía hambre. Y había un carrito de hotdogs. Y le pedí al tipo que me diera uno con todo y me miró raro y le dije es que me cuesta elegir y sonrió y me dio un hotdog que no cabía en la bandejita de cartón que te dan y le pedí mas servilletas y me senté ahí al lado, a comer.

Y ahí fue que me dí cuenta que era feliz. Porque la cosa es que, en ese momento y en ese lugar, no quería nada, no esperaba nada, no deseaba nada, no extrañaba nada, no buscaba nada. Solo estaba. Me comía mi hotdog, miraba la gente, notaba el cemento caliente bajo mi culo y las gotas de sudor resbalándome por el cogote, notaba mi pelo pegado a la cara, oía la ciudad, ese ruido como de mar o como de latido de corazón, oía retazos de conversaciones, y por mi cabeza pasaban montones de escenas de películas que se habían filmado justo en el lugar en el que estaba. No sabía que hora era ni me importaba, nadie me esperaba en ningún lado, no tenía nada que hacer más que estar ahí donde estaba, viendo una ciudad entera pasar frente a mí. Porque ahí sentada, yo tenía la sensación de estar viendo todo el mundo. El universo entero pasaba frente a mí en una película universal infinita. Tenía 17 años y medio exactos y sentí la felicidad.

Pero fue un instante y los instantes duran poco. En seguida quise algo, quise ir a ver el Empire State Building y subir arriba e imaginar que, como en las películas, alguien me esperaba ahí arriba.

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