El dolor

El dolor es dolor y no tiene grados. No hay dolores más grandes o más pequeños, hay dolor. Todas las personas sentimos el dolor igual, es la misma sensación horrorosa de impotencia, incredulidad, desamparo… es lo mismo para todas las personas. La diferencia entre los dolores viene después, cuando te pones a intentar superarlos. Hay dolores que se superan o, mejor, se aceptan un poquito más rápido que otros.

Cada dolor tiene un proceso distinto de aceptación. El dolor por la perdida de una persona a la que quieres se acepta después de un proceso de duelo, que tiene sus pasos, uno detrás de otro. Para aceptar el dolor por la perdida de una persona a la que quieres no te puedes saltar ni un paso porque si no vas a arrastrar ese dolor contigo por el resto de tus días.

El proceso de duelo incluye estas fases:

– Negación: No ha pasado, no puede ser… Va repitiendo tu cabeza como un mantra.

– Ira: Justo cuando te das cuenta de que sí ha sido, entonces te cabreas con el mundo por haberlo permitido.

– Negociación: Esta es la parte que me cuesta más a mí, buscar los pros y los contras, intentar encontrar una solución… la muerte no tiene solución.

– Dolor emocional: Tristeza profunda e incapacitante, de esa que empiezas a llorar y no paras… Días y días llorando hasta que te cansas de llorar, físicamente, y paras. Sin querer.

–  Aceptación: Cuando te rindes a la evidencia de que no vas a ver más a esa persona, de que no hay nada que puedas hacer para resolverlo y de que vas a tener que aprender a vivir con eso.

Dicen los psicólogos que eso puede durar 12 semanas, hasta seis meses si es una persona muy querida. Pero eso depende tanto de tantas cosas… El primer duelo que hice duró dos años y creo que no lo hice bien del todo. Por eso admiro tanto a la gente que hace bien los duelos, que llora cuando tiene que llorar.

Como humanos, cuando sabemos de muertes ajenas, hay una cosita en nuestro cerebro que, sin querer, se pone a repetir “a mi no me va a pasar, a mi no me va a pasar….”. Porque hay dolores que solo de imaginarlos nos incapacitan. De repente, convertimos a la persona que sufre en un distinto, un otro, y como es un otro, lo que sea que le pase no me va a pasar a mí. Lo hacemos para sobrevivir.

Y eso que hacemos para sobrevivir, nos aleja de nuestros semejantes, de las personas como nosotros que sienten y padecen como nosotros. Igual, y por las mismas razones.

Caen bombas en Gaza y nos indignamos y enfadamos. Oímos decir que han muerto no sé cuantos niños y niñas y lo sentimos por ellos y al mismo tiempo respiramos aliviados porque a nosotros, a nuestros niños, no les van a caer nunca bombas encima. Hay una cosa en nuestra cabeza que se activa ante el horror para que podamos vivir sin miedo. Y esa misma cosa es la que nos impide comprender en su justa medida la magnitud de la tragedia.

En Gaza, y en muchas otras partes del mundo, hay madres y padres que han perdido a sus hijos. Rebentados por una bomba, acribillados a balazos, despedazados por algo o alguien. Ahora cierra los ojos e imagina que uno de esos ciento y pico de niños muertos, solo en Gaza, es tu hijo. Imagina que no lo vas a volver a ver nunca más, imagina que tu hijo no va a crecer, no va a aprender a ir en bici, ni se te va a colgar nunca más del cuello… Imagina que no le vas a poder observar nunca más mientras duerme, imagina que no lo vas a ver jamás descubrir nada nuevo. Imagina tu vida sin tu hijo y siente ese dolor.

Lo que pasa en Gaza es eso. Y luego es política internacional y cosas complicadas, pero primero es eso. Es dolor profundo e intenso. Y el dolor es dolor, la diferencia está en como lo superas.

Cuando desaparece alguien de tu vida por accidente o enfermedad, cuando llegas a la fase de la ira y del porqué, llega un momento en que puedes comprender que esas cosas pasan, que es una mierda que te pase a ti, pero que no hay nada que puedas hacer.

Las madres y padres de Gaza saben quien es el culpable, saben que la muerte de su hijo se podría haber evitado. Saben quien es el responsable de la muerte de sus hijos. Yo me pongo en su piel y no me veo capaz de superar la fase de la ira. Puede que llegue a estar profundamente triste también, pero no voy a dejar de sentir ira. Puede que me de por aprender a vivir con esa ausencia, pero no voy a dejar de sentir ira.

Lo que más me sorprendió de Palestina cuando viví ahí fueron las fiestas. En Palestina se monta una fiesta, por pequeña que sea, por cualquier cosa. Al principio pensaba que estaban todos locos, que a ver qué coño celebraban porque yo acababa mis días con un mal cuerpo monumental. Un día fue especialmente horroroso. A mí no me pasó nada pero vi a unos soldados maltratar a una anciana en un checkpoint, luego a otros soldados detener a dos chicos jóvenes en medio de la calle, les tuvieron ahí tres horas porque sí, luego ví a un colono golpear a un niño palestino porque pasaba por ahí… Acabé el día queriendo matar a alguien. Y entonces vino un amigo sabio palestino y dijo “Vamos a hacer una fiesta”. Fuimos a Belén a comprar cerveza, mucha, y nos llevó a mí y a unos cuantos más al monte. Cuando salimos del coche nos dijo que esperarmos ahí y se fue con las bolsas de cerveza y velas y comida monte arriba. Volvió a la media hora y nos hizo subir a nosotros. Estaba todo oscuro, esa noche no había luna ni nada. A mí no me gusta el monte, yo soy de ciudad, y me gusta mucho menos si no veo donde piso. La cosa es que llegamos a un lugar en el que había una puerta en medio del monte. En Palestina sí se le pueden poner puertas al monte.

Ahí mi amigo palestino sabio nos dijo que nos taparamos los ojos. Y nos hizo andar a través de esa puerta. Entramos a un lugar húmedo y frío que olía a tierra y velas. Y nos dijo que abrieramos los ojos.

Lo que vi me dejó sin respiración. Estaba dentro de una cueva enorme, llena de velas por las paredes y el suelo, con alfombras y cojines en el suelo de colores brillantes y calidos. Parecía un templo. Ahí dentro bebimos y nos reímos y fumamos narguile y comimos humus. Dentro de la cueva fuimos felices un rato, olvidamos donde estábamos y qué había pasado ese día.

Hacia el final, cuando ya estabamos todos relajados y contentos, mi amigo sabio palestino dijo: “Hoy hemos ganado nosotros. Hoy a pesar de todo, no nos han roto. Hoy resistimos de nuevo, hoy estamos ganando”.

Yo no sé si las madres y padres de Gaza van a poder a volver a celebrar nada nunca más. Pero sé que lo van a intentar con todas sus fuerzas. Sé que van a querer resistir, sé que van a intentar sonreir otra vez. Y mientras ellos hacen lo que pueden por resistir, porque no les rompan, yo desde aquí solo puedo asegurarme de que comprendo exactamente la magnitud de su dolor, que es el mismo que siento yo cuando lo siento. Y solo puedo intentar hacer lo que sea para que todos aquellos que son responsables de lo que sucede ahí sepan que sé que son los responsables. Y solo puedo intentar que los responsables se avergüencen de permitir que eso suceda.

Y luego, ya que estoy, debo recordar que mientras caen bombas en Gaza también están cayendo bombas en muchos otros sitios. Y el dolor que esas bombas causan es exactamente el mismo dolor que yo siento cuando siento dolor. Exactamente igual.

1 comentario

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Una respuesta a “El dolor

  1. Ojalá fueramos muchos quienes sientiéramos que “el dolor que esas bombas causan es exactamente el mismo dolor que yo siento cuando siento dolor”

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