“Más allá hay monstruos” de Margaret Millar

Más allá hay monstruos de Margaret MillarHe decidido que voy a leer a más mujeres. Leí un artículo, no sé donde, que analizaba como y cuanto estaban las mujeres representadas en las páginas de cultura de un periódico nacional y, la verdad, era bastante triste el panorama. Así que me he propuesto leer a más mujeres. He empezado con Margaret Millar. La mayoría no sabréis quién es, algunos pocos sabréis que era la mujer de Ross Macdonald y, además, escribía. Margaret Millar no se merece ser conocida por ser la esposa de nadie. Sus libros son geniales y ella merece ser conocida y reconocida por su talento. Y el talento no se “pega” por matrimonio, se tiene o no se tiene y Margaret Millar lo tenía.

“Más allá hay monstruos” cuenta el juicio que se celebra para declarar legalmente muerto al dueño de un rancho de California. Robert Osborne salió a buscar a su perro y no volvió. De eso hace ya un año y su mujer, Devorn, ha pedido que lo declaren legalmente muerto para poder seguir con su vida.

Durante el juicio tienen que demostrar que ha muerto aunque no haya cadáver y que se le buscó intensamente. Para demostrarlo, el abogado ha pedido a todo aquel que vió u oyó a Robert el día que desapareció que declaren. Así, van pasando por el estrado los empleados del rancho, todos mexicanos menos un chino, y también el policía que se encargó de la investigación, que ya no es policia sinó vendedor de seguros.

La cosa es que tú lees y tienes la sensación de ir a ver un episodio de Perry Mason, pero no. Margaret Millar, a partir de un juicio que dura un día, consigue construir personajes. Casi solo con su testimonio en el estrado, Millar nos explica de donde vienen y que tipo de gente son. Crea una forma de hablar para cada uno de ellos. Les dibuja en solo dos pinceladas pero los ves. Los conoces. Entre testimonio y testimonio hace un flashback hacia algun momento de la vida de Robert y Devorn para que entendamos por qué estamos ahora en un juicio.

Entremedias, Millar consigue contarnos como viven los mexicanos en el sur de California, los legales y los que no, como son tratados, como se ven a sí mismos y las relaciones que se generan entre ellos mismos y entre ellos y los patrones blancos.

Estivar es el capataz del rancho. Es un mexicano con papeles que se encarga, entre otras cosas, de contratar a los temporeros que recolectan la fruta y verdura. Él y su familia numerosa (seis hijos) viven en el rancho. También está Carla, una chica mexicana que vivió en el rancho un tiempo para cuidar a las hijas pequeñas de Estivar pero parece que estaba más interesada en los hijos mayores. Está Wing que es el cocinero chino que vive en el cobertizo, que hace de cocina comedor, y no se relaciona con nadie, ni para jugar a ajedrez, juega solo contra el mismo. De fuera del rancho, declara Valenzuela, que es el policia que fue responsable de la investigación y que tiene que demostrar que buscó a Robert intensamente y que existen pruebas suficientes para pensar que está muerto.

Luego está el juez que declarará muerto a Robert. Aparece por primera vez en el capítulo tres y Millar lo presenta así:

El juez Gallagher tiró con impaciencia del cuello de su toga negra. Aunque hacía quinze años que ocupaba el estrado, todavía le asustaba el momento en que tenía que entrar en la sala y la gente elevaba la mirada hacia él, como si esperaran que la toga lo invistiera de cualidades mágicas, […] le entraban ganas de detenerse a explicar que la toga no era más que un trozo de tela que cubría un traje común de calle, una camisa de las que no se planchan y un hombre como todos, que no podía hacer milagros por más falta que hicieran.

Y la cosa es que para cuando acaba el juicio nosotros seguimos sin saber qué pasó. Seguimos sin saber quién mató a Robert Osborne. Pero Gallagher, aun habiendo declarado muerto a Osborne, hace tres preguntas al abogado de Devorn. Millar hace que Devorn empiece a buscar respuestas a esas preguntas para que nos pueda contar lo que pasó y darle un final apoteósico a la historia. Un final entre el Psicósis de Hitchcock y el ojo por ojo bíblico. Un final que le da sentido a todo y que cambia toda la historia.

Os parecerá una tontería pero me ha encantado lo que ha hecho Millar con el juez. Solo aparece en ese párrafo, durante todo el libro no habla, no es ni como personaje, pero aún así consigue que sepamos que es el tipo de juez suficientemente humilde como para tomarse todos los casos en serio y, así, hacer las preguntas relevantes para descubrir la verdad. Si hubiera sido un juez egocéntrico no hubiera hecho ninguna pregunta, habría dictado sentencia y se hubiera ido a jugar al golf.

Lo mejor es que aun haciendo las preguntas relevantes, solo dos personajes del libro acaban sabiendo qué pasó: Estivar y la madre de Osborne. Ambos dos existen como personajes como padre y como madre y por ser padre y madre es que acaban sabiendo lo que pasó.

La historia que Margaret Millar cuenta en “Más allá hay monstruos” parece una historia mínima y acaba siendo un retrato de unos personajes dañados de formas muy variadas, un retrato de las mentiras que todos nos contamos y contamos para seguir viviendo de una forma más o menos convencional. Millar consigue explicar la maldad que puede generar el amor paternal y maternal malentendido, cuando se lleva al extremo. Millar habla de lo que puede llegar a ser el amor incondicional. Esa clase de amor parece algo bueno pero no siempre lo es.

Llegar a explicar algo tan universal como el amor de madre o de padre en una historia como esta, en mí muy humilde opinión, hace de “Más allá hay monstruos” un obra maestra, no solo de la novela negra, sino de la literatura.

Es una obra maestra porque trata un tema universal de una manera magistral. Ahora me hubiera gustado leerla en inglés para poder apreciar la riqueza original del lenguaje de Millar. La traducción es espléndida y aún así seguro que me he perdido algo. Millar usa un lenguaje que es capaz de transformar olores en sensaciones, colores en emociones, paisajes en elementos de la historia. No acostumbro a leer las descripciones porque me aburren, pero en este libro se describe el entorno con sonidos, olores, colores y todo de manera que se convierten casi en parte del argumento.

Así describe la habitación de la madre de Robert Osborne:

En el tocador, una cabeza de plástico sostenía los pulcros rizos, que la señora Osborne lucía en público. El sombrero azul que había usado en el tribunal estaba caído, o había sido arrojado, a la alfombra, y el vestido colgaba de una silla con el aire desvalido de una piel abandonada.

Las dos ventanas estaban herméticamente cerradas y en el aire inmóvil flotaba el olor débilmente ácido del pesar, de los pequeños pecados y los fracasos que enmohecen en armarios y rincones húmedos olvidados.

Cuando leí este pasaje, en mi cabeza olí ese olor. Lo reconocí, lo recordé, de otras habitaciones cerradas de otras personas mayores. Sabía a qué olía esa habitación. Pero lo mejor es volver a leer esa descripción cuando has acabado el libro porque entiendes perfectamente qué nos estaba contando realmente Margaret Millar y sientes no ser mejor lector.

“Más allá hay monstruos” es una gran novela de una gran escritora que merece ser leída mucho más y mucho mejor.

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