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Las manos

Las manos son la primera parte de un cuerpo que te toca, generalmente. De pequeñita decidí que a parte de preocuparme de que la gente que me tocara no fuera gilipollas también debía preocuparme de que sus manos fueran dignas de tocarme. Cuando decidí eso estaba en una fase de ego subido, que le vamos a hacer.

La cosa es que por tener que preocuparme de que las manos fueran dignas de tocarme empecé a fijarme mucho en las manos de la gente. Yo soy de fijaciones fijas y permanentes así que ahí sigo. Analizo manos. Como se mueven. Si las uñas son cuadradas o redondas, si están limpias o no. Si son ásperas o suaves. Si están adornadas o no. Si son discretas o más «in your face»…

Y ahora que lo pienso, hacer eso es bastante absurdo por mi parte porque yo no tengo las manos más elegantes del mundo. Mis manos son más bien pequeñas y mulliditas. Mis dedos son cortitos y redonditos (todo así en diminutivo por lo de tenerlas pequeñas). Y me muerdo las uñas. Eso sí, muevo las manos con una gracia y un desparpajo muy resultón, y además las muevo mucho. Creo que lo hago para que nadie las pueda observar detenidamente.

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Música

Ara fa uns mesos que quan camino porto els cascos posats i escolto música. M’he fet una playlist d’aquelles amb música per accelerar el ritme quan vaig tard, com aquesta:

I música per quan necessito una estona de felicitat, com aquesta:


I canto. Trobo que cantem poc. Cantar és diferent de parlar. Quan cantes, no sé si sabré explicar-ho prou bé, treus coses que no treus quan parles. Quan canto respiro diferent. Respiro fatal igual, que la meva capacitat pulmonar és la que és, però respiro diferent. Es com si sortís aire que està estancat per allà dins. Jo tinc la sensació que faig net, quan canto. I així, a hores intempestives, quan no hi ha gaire gent pel carrer, jo canto.

L’altre dia, cantava aquesta:


I, és clar, emocionada com estava, anava fent saltironets i passets i de tant en tant em parava per donava un copet de malucs discret… i jo tan tranquil·la fins que em va passar pel costat un home que havia caminat per darrera meu una bona estona, vaig deduir, perquè em va dir: «cantes molt bé». I jo primer em volia morir de la vergonya però després em vaig adonar que l’home tenia cara de cansat però somreia d’orella a orella. I si el meu petit show de carrer l’havia fet content, doncs millor.

També tinc cançons per quan torno a casa. Cançons per caminar a poc a poc. De nit, quan ja tothom és a casa seva i jo encara volto. A vegades, enlloc d’anar pel camí més curt, agafo el més llarg. No és que no vulgui anar a casa és que vull gaudir del fet d’anar cap a casa. Donar-me temps per buidar el cap i el cos del dia. I llavors escolto música així:


I també canto, però fluixet, que la gent dorm.

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Fer-se un New York

La cosa és fer-se un New York de tant en tant. Fer-se un New York és llevar-se al matí i dir «A prendre pel sac» i sortir al carrer com si t’haguessis de menjar el món. Jo em poso sabates que fan soroll en dies així, que es noti que hi sóc.

 

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Lo que pasa en el bar se queda en el bar

el-barBares hay un montón pero los buenos bares son escasos. Si encuentras uno o dos buenos bares a los que puedas llamar “Mi Bar” o “El Bar”, así, en mayúsculas, deberías sentirte profundamente afortunado.

Un buen bar, evidentemente, necesita buenos camareros y camareras. Los buenos bares no lo son por donde están ni por lo que sirven si no por quién está ahí. Un buen camarero o camarera te puede servir un carajillo requemado de Soberano y hacerte la persona más feliz del mundo al mismo tiempo. Uno malo te va servir un gintónic de esos modernos y te va a hacer sentir miserable. Lo que te cobran por un gintónic moderno no ayuda, pero no es la peor parte.

Otra cosa que necesita un buen bar es oscuridad. Y no quiero decir oscuridad literal, o sea, falta de luz, sino esa cualidad sensorial y sensitiva que hace que tengas que aguzar sentidos que no sean la vista y usar la parte oscura de tu yo para ver. Vivimos permanentemente engañados por la luz. Creemos que si hay luz vemos bien y lo vemos todo. Pero no. Cuando no hay luz vemos mejor y vemos cosas distintas. Esta capacidad requiere práctica. Se tiene que ir a muchos bares y muy a menudo par ver lo que hay de verdad cuando está oscuro.

Es esa oscuridad de los buenos bares lo que permite que en ellos sucedan cosas, se hagan cosas y se digan cosas que solo suceden, se hacen y se dicen en El Bar. Para que la vida sea digna de ser vivida y pueda tener ese nombre es imprescindible que haya ese tipo de cosas. Pero esas cosas solo pueden y deben existir en El Bar. Las cosas de El Bar no tienen consecuencias, no existen fuera de ese lugar-tiempo que es El Bar.

En El Bar hay instantes de romance y pasión. Miradas, suspiros, gestos y caricias que solo son posibles ahí dentro. Son instantes de una belleza soberbia y absolutamente necesaria. Porque esos instantes de romance y pasión hacen que la vida de una se parezca a una novela. Y los que leemos novelas sabemos que para disfrutarlas lo primero es firmar el acuerdo ese que dice que te lo vas a creer todo porque sí. Porque está escrito. Cuando lees no-ficción no firmas ese acuerdo. Es más, para leer bien no-ficción no debes firmar ese acuerdo. Va en contra de la naturaleza misma de la no-ficción.

La diferencia que hay entre la novela y el ensayo es la que hay entre la oscuridad de los buenos bares y la luz de afuera, cuando crees que lo ves todo y bien. Yo, siempre he sido más de novela.

 

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Vida

historiasSomos lo que somos por lo que hemos vivido. Y lo que hemos vivido es más lo que recordamos haber vivido y como nos lo contamos a nosotros mismos y a los demás, que lo que nos ha pasado o hemos hecho en realidad.

La verdad es que somos como seres inventados, por nosotros mismos. Nuestra historia, es nuestra porque la creamos nosotros cuando la pensamos y la recordamos, mucho más que cuando la vivimos.

Yo me di cuenta de eso hace un mes cuando tuve la oportunidad de revivir con alguien recuerdos de hace más de 20 años. Lo que yo creo que pasó y lo que la otra persona cree que pasó eran dos cosas distintas, parecidas, pero distintas. Y la pregunta que me hice y me sigo haciendo es qué clase de persona sería hoy si en vez de recordar a mí manera lo que vivimos él y yo, lo hubiera recordado a la suya.

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